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V

Archivado en General • Fecha: 11-01-2005 15:21:07

-Un ángel negro. En ese limbo en que te hayas aún no perteneces de todo a la oscuridad sin embargo, hay cosas que ya no puedes tolerar, como las cruces en tu piel. ¿Entiendes?.



-Bienvenida a la mesa. Siéntate a mi derecha Andrea. Dijo el Obispo.

Ella miraba la opulencia de que aquella enorme habitación, las cortinas drapeadas, sillas de terciopelo vinotinto, enormes candelabros de plata, vajillas de porcelana con borde en oro, copas de cristal y por supuesto, un banquete digno de una corte real o en este caso, digno de un poco humilde clero.

Tomó asiento. Sentía sobre sí todas las miradas, a su memoria saltaron las palabras de su tía cuando habían ido a visitar a una de las damas más refinadas del pueblo diciéndole que esperara a que el comensal comenzara a comer y según este hiciera, ella le imitara para cometer la menor cantidad de errores posibles.

El obispo hizo una oración para agradecer el pan de cada día pero definitivamente nadie estaría más agradecido que Andrea. Había vivido no sabía ni cuanto tiempo en el calabozo comiendo un mazacote que podría ser puré de papá con frijoles acompañado como no, con agua. Uno de los problemas de su extraña condición era la pérdida de memoria. Ella no tenía ni idea que de noche completaban su dieta con sangre animal para evitarle anemia, ni que era ella quien cazaba la presa. Esas lagunas mentales la hacían potencialmente peligrosa.

Cada bocado de pavo que llevaba a su boca parecía más suave, más jugoso, más suculento, las verduras horneadas, aquellos pimientos rellenos de queso de cabra, le sabían a gloria. Ya no le importaba que los curas la vieran como una hambrienta, porque en realidad, lo era. Si alguno de ellos hubiera pasado la mitad de lo que ella en los últimos meses lo menos que haría sería preocuparse por verse bien ante un montón de encopetados y bien alimentados servidores de Dios.

Pedro la veía, casi podría jurar que veía un ligero toque rosado en sus mejillas, como cualquier otra chica de 16 años.

Los sacerdotes quizás motivados por la buena mesa le contaban al obispo sobre sus labores parroquiales, libros que habían leído, lugares que habían visitado y casi parecía que nadie recordaba el tema que los llevó al convento si no fuera por la imponente presencia de Andrea, un recordatorio difícil de ignorar.

El almuerzo terminó con rostros algo más serenos y estómagos colmados, sobre todo el de la campesina que jamás había probado tantos manjares juntos.

Se disponían a levantarse de la mesa cuando Andrea habló.

-¿Van a matarme?.

Aquella pregunta definitivamente fue como si un viento helado les golpeara la cara.

-Eres inmortal. Contestó Monseñor Antonio.

-Supongo que hasta los vampiros pueden matarse ¿no?. Inquirió ella.

-Los vampiros mueren con la luz del sol, tú la toleras, los vampiros mueren si son quemados o se les corta la cabeza y tú aún no eres un vampiro completo para que nos sea permitido eso. Analizó el padre Santiago.

-Entonces... ¿qué quieren de mí?.

-Que nos ayudes... contra ellos. Dijo el Obispo con expresión de duda.

-¿Ayudarlos?, ¿cómo?, ¡ni siquiera sé que soy!.

-Eres un ángel negro. Mitad mujer, mitad vampiresa. Aclaró el padre Iván.

-¿Un ángel?.

-Un ángel negro. En ese limbo en que te hayas aún no perteneces de todo a la oscuridad sin embargo, hay cosas que ya no puedes tolerar, como las cruces en tu piel. ¿Entiendes?.

-No mucho. Respondió preocupada.

-Ya habrá tiempo de explicarte con calma. Quiero notificarles a todos de una vez que el padre Santiago y yo nos quedaremos para seguir de cerca el caso y evitar que se sigan cometiendo errores. Concluyó el padre Iván.

-¿Con autorización de quién?. Preguntó molesto el Obispo.

-Con la de su Santidad el Papa. Sacando una carta sellada con el escudo papal, la hizo deslizarse por la mesa hasta el Obispo y salió del recinto junto a sus once compañeros clérigos.

Escrito por CG Von Gescal
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