La joven campesina se puso de pie, tambaleando un poco. Estaba muy débil y su aspecto no era para nada saludable. Giró sobre sí misma viendo todas aquellas estructuras que le rodeaban, aquellas construcciones de piedra rodeadas de cedros, siendo el jardín donde se hallaba el centro de todo.
El ruido de llaves abriendo la celda despertó a Andrea.
-De nuevo no, por favor, de nuevo no. Repetía Andrea ante aquellos hombres con rostros cubiertos por máscaras que le levantaban del suelo, cubrían su cuerpo con una túnica blanca y entre los forcejeos de ella vendaban sus ojos.
-Tranquila. Dijo aquella voz suave de siempre. Aquella voz que podía a pesar de todo su sufrimiento, ser un alivio. Ella dejó de luchar y se dispuso a dejarse llevar afuera.
La tela que le cubría comenzaba a otorgarle tibieza a su helado cuerpo y cuando sintió que el aire era tibio y algunos hilos de luz traspasaban los vendajes supo que era de día, que estaba afuera. A medida que avanzó sus pies dejaron de sentir piedra debajo de sí y percibían la hierba y la tierra. Hoy sería diferente, no sabía por qué. Pensó que quizás no colocarían aquellas cruces ardientes en su cuerpo, ni le arrojarían aceite hirviendo al rostro. Andrea no podía saber que en realidad las cruces eran de madera fresca y que no era aceite, sino agua, agua bendita el líquido que le había quemado antes.
-Siéntate. Le susurró al oído la misma voz que lograba tranquilizarla mientras una mano la empujaba hacia una silla.
Podía sentir que había mucha gente a su alrededor, no eran los 3 o cuatro de siempre, algo muy adentro le decía que habían varias personas allí, más de diez al menos.
-¿Cómo te llamas?-. Una figura se alzaba delante de ella, había suficiente luz como para ver los cuerpos interponiéndose a través de la tela que cubría sus ojos.
-An... Andrea-. Dijo con la voz accidentada.
-¿Andrea qué?.
-Andrea solamente. Respondió desde atrás el Obispo al padre Marcos. – No se conoce a su padre, por ello no tiene apellido. Agregó.
-¿Y la madre?. preguntó el padre Marcos.
-Murió. Uno de ellos la asesinó cuando Andrea tenía dos años.
-¿El mismo que mordió a la campesina?.
-Si. El mismo. Ese mismo día. Contestó el Obispo.
-¿Por qué dejaría viva a la niña?.
-Solo Dios puede saber eso. Lo cierto es que por un error fatal de la tía de la criatura ya no pudo ser sacrificada como dicta la Ley. Si me permiten les contaré la historia para refrescar lo que leyeron en los documentos. Además ya es hora de que Andrea sepa por qué está aquí. Así que presta mucha atención chiquilla.
Andrea no podía creerlo, al fin, al fin sabría que hacía allí, por qué la trataban tan mal aunque lo que oyó sobre su madre la dejó muy inquietada, su tía siempre dijo que había enfermado de peste y muerto, nunca dijo que la habían matado. ¿Quién?, ¿Quién pudo ser?, ¿De qué mordida hablaban?, pero para poder prestar mayor atención a lo que aquel hombre decía opacó las preguntas que surgían en su mente.
-La noche en que el maligno atacó a la madre de Andrea, las dos estaban juntas. La bestia mordió y bebió toda la sangre de la joven campesina, intuyo que de allí mordió a la criatura más sin embargo, en lugar de beber su sangre hasta llevarla a la muerte procedió a lo que hacen ellos en la iniciación de otro vampiro, la dejó viva para luego volver por ella-. El obispo empezaba a notar como los otros sacerdotes cambiaban la expresión y veían al centro del círculo de sillas a la mozuela con cierto miedo. Se fijó también como Andrea intentó levantarse de la silla donde estaba amarrada y comenzaba a sollozar.
-Cuando la tía de Andrea descubrió el cadáver de su hermana, supo enseguida lo que había pasado, mas al ver a su sobrina tan pequeña con la marca de dos colmillos en el cuello abrazada al cuerpo inerte de la madre se acobardó por el destino que le esperaba a la niña si alguien se enteraba de que había sido iniciada. La tomó en brazos, la llevó a su casa, le mudó las ropitas y cuidó que la herida no se viera. Regresó al lugar del crimen, a el establo humilde de la familia y comenzó a gritar por ayuda hasta que otros vecinos le oyeron y se llegaron allí, viendo aquella imagen espantosa. Cuando preguntaron por Andrea, su tía, mintió. Dijo que la bebé pasó la noche a su lado como otras veces en que la madre tenía que madrugar para alimentar a los animales antes de ir a la ciudad por provisiones. Nadie puso en duda lo que decía.
-Es una criminal, ¡deberían juzgarla!. Afirmó el padre Ignacio con el rosario en la mano.
-Ya nuestro Señor se encargó de ello, murió poco después de que supiéramos la verdad a causa de la fiebre amarilla. Dijo monseñor Rodrigo llegando tarde a la reunión.
-Si me permiten, proseguiré. Andrea creció como una más de su comunidad, incluso recibió educación religiosa. Su tía quería que al cumplir la mayoría de edad fuese monja, lógicamente, en un convento, estaría a salvo. Le obsequió un rosario de plata y le dijo que por nada del mundo se lo quitará del cuello. Orden que la chica olvidó cumplir aquella noche. El obispo se levantó de su asiento, miró la colina como en la noche anterior, dejó escapar un suspiro.
-La tía que tenía días sintiéndose mal, tuvo que salir a la ciudad para poder ir al médico. Dejó en claro que Andrea no debía salir de noche de la casa, pasará lo que pasará. Según ella por lobos que a veces llegan al pueblo. La joven no hizo caso, a media noche mientras rezaba con el rosario que debía llevar puesto, sintió ruidos y a los animales alborotados en el establo, dudó en salir, hubiera sido mejor que hubiera hecho caso de ese sentimiento, sin embargo el chillido ahogado de uno de los cabritos la angustió tanto que dejó caer el rosario, salió con la lámpara en la mano y un palo en la otra a ver que pasaba. Lo que sucedió después, ella no lo recuerda. Es la pérdida de memoria que sufren todos los iniciados, pero lo seguro es que recibió la segunda mordida. En la mañana cuando uno de los vecinos le buscó para preguntar que había pasado en la noche que desde su casa se oían ruidos horribles se preocupó cuando Andrea no le contestó desde el interior de la casa. Buscó a su esposa y juntos revisaron. Ella no estaba allí. Mucho temieron que se repitiera la suerte de su madre y se acercaron al establo. Allí se encontraba. Creyeron que estaba muerta pero sus gritos de dolor y angustia despertaron a Andrea y eso, era peor que la misma muerte.
-Enseguida un grupo de campesinos, los mismos que habían sido durante años muy amables, le ataron y le arrastraron hasta las puertas de la iglesia.
-A coro gritaban, ¡Iniciada, iniciada!. De inmediato salí a ver lo que pasaba, llamé a los encargados de ese asunto. Ellos la llevaron a la piedra. Allí le ataron y esperaron el sol del mediodía para hundir una daga en su pecho. Lo que sucedería después, nadie lo imaginó. Suspiró el obispo, recordando ese día.
-Andrea, no murió. Ya era inmortal. La daga entró, una, dos hasta cinco veces en su cuerpo, de las heridas no emanaba sangre, sino ese líquido negro de ellos. Fue cuando supe todo. –Hizo una pausa antes de seguir con el relato.
-Ella desmayó de la impresión, del miedo quizás y la encerramos en los calabozos del convento, mientras decídiamos qué hacer.
La joven lloraba y gritaba desconsolada en la silla, había recordado en las palabras del obispo todo lo que había pasado. Los hechos pasaban en su mente una y otra vez.
El padre Santiago se conmovió. No tenía muy en claro aún que era ahora Andrea, pero el dolor que reflejaba le llegó profundo. Se acercó a ella y comenzó a desatarle los tobillos.
-¿Qué hace?-. Se dirigió hacía él Monseñor Antonio.
-La desato para que pudiera siquiera llorar en paz. Contestó.
Monseñor miró enseguida al Obispo y este hizo señas de que lo dejara. Nadie mejor que él sabía que de día ella era casi perfectamente humana.
Andrea tenía ya las extremidades liberadas, llevó sus manos a la venda, no sabía si debía quitárselas o esperar a que lo hicieran, hasta que el mismo hombre que la había desatado dijo que podía hacerlo. Lentamente ella fue desenvolviendo las telas que cubrían sus ojos, a medida que lo hacía y percibía más luz sentía como ésta le molestaba. Al terminar, abrió sus ojos tras varios parpadeos, intentando enfocar. Delante de sí vio a un hombre, vestido de sotanas, con un crucifijo colgado de su cuello. Era blanco, de ojos y cabellos tan negros como el calabozo donde había estado. Tenía una ligera cicatriz en el pómulo derecho, rostro cuadrado y podría estar pasando el metro ochenta de estatura. Estuvo a punto de darle las gracias cuando este tomó el crucifijo de su pecho y lo llevó hasta casi rozar la frente de Andrea, quien se asustó por el rápido movimiento.
-¿Te lastima?.
-No... no. Dijo ella sintiendo el enorme dolor de tener que empezar a asumir que ya no era la misma persona.
La joven campesina se puso de pie, tambaleando un poco. Estaba muy débil y su aspecto no era para nada saludable. Giró sobre sí misma viendo todas aquellas estructuras que le rodeaban, aquellas construcciones de piedra rodeadas de cedros, siendo el jardín donde se hallaba el centro de todo.
-Pedro, llévala adentro, que las sirvientas le den un baño y si se pone agresiva ya sabes que hacer. Ordenó el Obispo.
Así lo hizo Pedro, se acercó a ella, la tomó por el brazo y al pedirle que le acompañara Andrea sonrió, reconoció aquella voz, la misma que le había pedido momentos antes que estuviera tranquila, la misma que cuando era maltratada le pedía que orara con él para alejar el dolor de su mente, al fin tenía el rostro de quien sentía era la única persona a la que le importaba en ese lugar, aquel mozuelo coloreado de sol, con suave barba, cabellos castaños y ojos verdes era él.
Pedro miró directo a los ojos de ella y bajó la mirada, sin decir nada más y fueron adentro.
-Es hora de que nos diga entonces su plan Señor Obispo. El padre Marcos se levantó de la silla al decir esto. Aquellos dos hombres altos, enfrentados eran una imagen de temer muy a pesar de los ropajes y los rosarios.
El Obispo sonrió.
-Ya he hablado mucho, tengo la garganta seca, continuaremos luego del almuerzo.
-¿Invitará a la mesa a su... protegida?. Preguntó un cura pelirrojo llamado Iván.
-Claro. Es hora de comprobar qué tan bestia o qué tan humana puede ser.
-¿Eso quiere decir que aún no lo sabe?.
-Comprenderán hermanos de fe, que han llegado a mitad del tratamiento y como lo que quieren es ver resultados, tendremos que saltarnos algunos pasos.