Sin voltear a mirarlos el Obispo dio las buenas noches y salió del salón. Podía sentir el peso de la responsabilidad inmensa que ahora llevaba en sus hombros. Hacer lo que hacía sin más exigencias que las que él mismo se otorgaba no era definitivamente igual a hacerlo bajo los ojos inquisidores de la comisión sacerdotal que le habían enviado...
En el salón principal del convento, el Obispo se sentaba cómodamente mientras algunos sacerdotes le atendían llevándole frutos secos y vino tinto.
-¿Su Santidad desea algo más?
-No. Ya pueden dejarme solo con los miembros del Alto Clero.
Aquel hombre obeso, de prominentes entradas recorrió con sus negros ojos cada una de las caras que se encontraban alrededor de la mesa y percibió cierto aire de desaprobación entre ellas.
-Y bien, ¿a qué debo el honor de su visita?-. Esbozó con una torcida sonrisa.
-Su Excelencia, se nos ha notificado que su... “experimento” no solo no ha dado resultados positivos, sino que ha puesto en riesgo el nombre de la Iglesia. Hay comentarios por el pueblo de que su... “protegida” cada día es más salvaje y eso es un peligro para todos.
-Son solo chismes sin sentido, Uds. me conocen, no correría el riesgo si no supiera lo que hago.
-Mucho me temo que su Santidad en realidad, no tiene idea de lo que está haciendo-. Habló el padre Santiago el más joven de los sacerdotes presentes.
-¿Cómo se atreve a faltarme de eso modo el respeto? ¡Yo soy el Obispo!
-Sabemos perfectamente quien es, no necesita recordárnoslo. Denos pruebas de que los procedimientos que ha aplicado a la campesina han dado buenos frutos-. Inquirió nuevamente el joven cura.
-Se las dará, en cuánto las tenga listas-. Respondió muy alterado.
-Ahora. Dijo otro de los sacerdotes presentes llamado Marcos.
-¡Imposible!-. Gritó el Obispo al tiempo que se levantaba de la mesa.
-¿Su Excelentísimo Obispo podría explicarnos por qué es imposible?-. Preguntó el padre Santiago uniendo las manos con los codos apoyados en el tablón.
-Es... es... de noche-. Mal susurró.
-Ahh y supongo que la campesina de noche es peligrosa. ¿ó me equivoco?.
-Lo es, aún no hemos logrado que su naturaleza...
-¿Su naturaleza?-. Interrumpió el padre Marcos, a lo que el cura joven añadió – Su naturaleza demoníaca.
-Aún no es un demonio, no recibió la tercera mordedura, ¡aún no es una de ellos!. Contestó con la faz enrojecida de ira caminando por el lado derecho de la habitación y perdiendo la vista en las colinas.
-Lo será. Expresó el padre Santiago.
-¡No!. Ya verán que no. Puedo evitarlo.
-Demuéstrelo. Habló por primera vez el padre Antonio, un hombre de unos ochenta años, delgado, de prominente barbilla, alargada nariz y hundida mirada.
-Mañana, A las diez. La sacaré al patio para que todos la vean. Dijo el Obispo caminando hacia la puerta en actitud de salir del recinto.
-¿Debemos llevar trenzas de ajos, cruces y agua bendita su Santidad?. Dijo el padre Marcos ante las miradas burlonas de sus compañeros.
Sin voltear a mirarlos el Obispo dio las buenas noches y salió del salón. Podía sentir el peso de la responsabilidad inmensa que ahora llevaba en sus hombros. Hacer lo que hacía sin más exigencias que las que él mismo se otorgaba no era definitivamente igual a hacerlo bajo los ojos inquisidores de la comisión sacerdotal que le habían enviado.
-Doce. Como los discípulos -. Fue lo último que dijo antes de ser dominado por el sueño en su cama.