Tanto frío y oscuridad le dieron un tono grisáceo a su piel que entremezclado con sus negros cabellos y aquellos enormes ojos grises la hacían verse espectral...
Temblorosa en el suelo frío y húmedo de su celda se encontraba. Desnuda, con el rostro atrapado entre sus pequeñas manos jamás sintió tanto miedo. Jamás creyó que el dolor no menguara con el tiempo y por el contrario, se acrecentara, como una enredadera cubriéndole por completo hasta ahogarle la respiración.
Está llena de heridas, como cruces, constantemente fue apaleada, golpeada, flagelada, nadie le dijo nunca el motivo de tanta crueldad.
En su ser, solo una preguntaba corría de un extremo a otro... ¿por qué?.
No había respuesta. Nadie se la daría y era imposible para ella hallarla entre su sufrimiento.
Cuanta soledad, cuanto silencio entrecortado de sollozos.
Definitivamente Dios se había olvidado de ella, a tal extremo, que ni la piedad de la muerte le llegaba.
-¿por qué?
-¿por qué?
Repetían sus llagados labios con el poco aliento que aún le quedaba.
Tanto frío y oscuridad le dieron un tono grisáceo a su piel que entremezclado con sus negros cabellos y aquellos enormes ojos grises la hacían verse espectral o peor aún era la mortuoria imagen de un vampiro.
Aunque en donde se hallaba no tenía idea del tiempo, siempre sentía el llegar de la noche en aquellas ansias que le nacían en la garganta, aquella sed inmisericorde y desquiciante que era opacada cuando aquellos hombres vestidos de largas túnicas negras, dejaban entrar una liebre por un espacio mínimo que había en la puerta. Entonces ella, aquel costado de espetados huesos saltaba ágilmente y como cualquier depredador clavaba sus dientes en el cuello de su presa y bebía hasta la última gota de sangre.
Luego, saciada, caía en sueño. Muy pocas veces sus sueños dejaban de ser demoníacos pero cuando sucedía -cuando lograban ser solo recuerdos de su vida anterior a que la capturaran como a una bestia y la llevaran a aquel lugar- entonces, dormida, una leve sonrisa se dibujaba en su faz.