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VIII

Archivado en General • Fecha: 19-01-2005 15:35:34

"... este asunto unido ha otras hipótesis aún no confirmadas me han tenido en vela los últimos días, no quiero ni pensar en lo que significaría una rebelión entre vampiros, si es cierto lo que se dice que algunos desertores de los clanes planean formar un ejército revolucionario contra los mismos, los pueblos se verían envueltos entre una guerra terriblemente cruel y sangrienta, una guerra sin control de demonios contra demonios donde generarían una inmensa ola de iniciados, mucho me temo, que podría tratarse del fin del mundo anunciado por los profetas ..."

En la biblioteca se hallaba rodeado de estantes de madera pulida finamente acabados y enciclopedias de toda índole el joven sacerdote. Sobre la mesa de roble se podían distinguir manuscritos antiguos, cuadernos de anotaciones, documentos y uno que otro libro sobre posesiones demoníacas, monstruos y por supuesto vampiros.

A pesar de tener treinta y seis años de edad, el padre Santiago llevaba sus últimos catorce años de vida haciendo investigaciones sobre el tema, había empezado antes de siquiera pensar en tomar los hábitos.

Mientras leía uno de los documentos se detuvo en especial en una página, la alzó de la mesa y leyó con detenimiento, sin siquiera darse cuenta sus labios se abrieron para continuar la lectura en voz alta.

"... este asunto unido ha otras hipótesis aún no confirmadas me han tenido en vela los últimos días, no quiero ni pensar en lo que significaría una rebelión entre vampiros, si es cierto lo que se dice que algunos desertores de los clanes planean formar un ejército revolucionario contra los mismos, los pueblos se verían envueltos entre una guerra terriblemente cruel y sangrienta, una guerra sin control de demonios contra demonios donde generarían una inmensa ola de iniciados, mucho me temo, que podría tratarse del fin del mundo anunciado por los profetas ..."

El cura se detuvo, intentaba entender lo que había leído o peor aún intentaba creer que era una equivocación de aquel capuchino y la carta que había escrito hace treinta años atrás.

Aún no salía de su expectativa cuando el padre Iván entró al recinto.

- Te estaba buscando. Una de las sirvientas me dijo que estabas aquí.

Santiago solo acintió con la cabeza.

- La chica recordó lo que pasó. Si se puede inducirla a recordar, pero no es muy alentador lo que dijo.

El padre Iván fue relatando los hechos en el calabozo, desde que Andrea despertó, el cómo pudo recordar lo que había escuchado, hasta la promesa de cambiarla a una habitación, todo, con preciso detalle. El padre Santiago intentaba prestar atención más aún así seguía en su mente la idea de que la rebelión de insurrectos a los clanes pudiera llegar a una lucha dantesca.

- En fin, aunque ella dice que la voz venía de las colinas, pienso que en realidad, ya comenzó a oir el llamado de la bestia.

En ese momento el joven cura reaccionó. Miró directamente a los ojos al pelirojo sacerdote.

- Pero no es posible, si ella dice que lo escuchó de las colinas es imposible que se trate de la bestia, sabemos que el llamado se presenta desde adentro, que es una terrible voz que enloquece a los Neonatos y los lleva a cometer atrocidades hasta que termina de tomar posesión total el mal que los habita.

- Si, pero a lo mejor está confundida aún por el desmayo. Sembró la duda el padre Iván.

- De ser así, estamos perdiendo el tiempo. Debemos empezar el entrenamiento inmediatamente.

- Si. Enseguida enviaré una carta a Roma con el informe de lo acontecido. Cuando llegue Lord Nicholson la semana entrante podremos hacer lo establecido. Me retiro.
- Bien pueda.

Al salir el padre Iván, Santiago retomó los documentos en busca de pruebas de que lo que había leído no eran vagas suposiciones.

Escrito por CG Von Gescal
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VII

Archivado en General • Fecha: 19-01-2005 15:34:53

El sacerdote se acercó a ella y vacilante acarició su cabello pidiéndole que se calmara y diciendo que nada le pasaría.

Pasaron varios minutos antes de que la chica pudiera hablar. Luego, tomando aire pudo decir lo que había oído.



Andrea al despertar se asustó. Estaba de nuevo en la celda y sentía un ardor muy fuerte en la espalda. Allí sentado frente a ella estaba el padre Iván.

- ¿Qué pasó?. Le preguntó la joven mientras se levantaba torpemente del frío piso.

-Eso es lo que quiero que me digas. ¿Qué pasó?. Devolvió la pregunta el sacerdote.

- No sé, yo... no sé... estaba en el comedor... ellos discutían... yo no sé como llegué acá.

- Andrea, debes recordar, si quieres ayudarnos lo primero que debemos hacer es vencer tu amnesia.
- Yo... no recuerdo, no puedo.

- Si puedes, tu pérdida de memoria es un mecanismo de supervivencia de tu mente para no enfrentar lo que has pasado. Vamos, intenta recordar, el Obispo y Pedro me dijeron que de repente empezaste a gritar y a golpear todo, rompiste el vidrio de la ventana, algunos muebles...

- ¿Les hice daño?. interrumpió notablemente nerviosa.

- No, no los atacaste si es lo que te preocupa, algunos golpes tiene Pedro pero fueron producto de varias caídas mientras intentaba tranquilizarte.

- Por dios. Pobre Pedro.

- Está bien, no te angusties pero dime Andrea, ¿qué te causó eso?. Volvió a las preguntas el cura mientras abría un cuaderno y tomaba una pluma.

- Ya le dije que no sé, yo no recuerdo... yo estaba allí... ellos discutían, hablaban del tratamiento... yo miré a la ventana y entonces escuché...

La joven se detuvo en seco, su cara de miedo hizo que el sacerdote dejara caer lo que tenía en la mano y se alzara de la silla.

- Continúa Andrea, todo estará bien, yo estoy contigo.

Andrea lo miró a los ojos mientras los propios se llenaban de lágrimas.

- Había otra voz, era como si, era como si viniera de las colinas... al principio era como una melodía y me sentía atraída, me acerqué a la ventana y... entendí lo que decía... fue horrible. Espetó estallando en llanto.

El sacerdote se acercó a ella y vacilante acarició su cabello pidiéndole que se calmara y diciendo que nada le pasaría.

Pasaron varios minutos antes de que la chica pudiera hablar. Luego, tomando aire pudo decir lo que había oído.

- Sangre... muerte, sangre, muerte...

El sacerdote sintió como se aceleraba su pulso, ella ya había empezado a oir el llamado de la bestia.

- Andrea, ¿estás segura que la voz venía de la colina?.

- Si, sé que es imposible, pero así lo escuchaba.

- Bien, voy a subir, necesito hablar con el padre Santiago y con el Obispo, quiero que te quedes tranquila, pediré te trasladen a una habitación... esta celda es horrenda.

- Gracias. Dijo ella pensando en si sería posible abandonar definitivamente el calabozo.

Escrito por CG Von Gescal
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VI

Archivado en General • Fecha: 19-01-2005 15:33:56

Ambos hombres se debatían, el obispo excusando los maltratos que recibió ella todo ese tiempo alegando resultados positivos y dominio casi total de la maldad que lleva sembrada en la sangre y Pedro negando que haya sido eso lo que ha surtido efecto sino que Andrea, en realidad, no se comportaba como un vampiro.

En la sala, en un incómodo silencio se encontraban el Obispo, Monseñor, Andrea y Pedro.

Monseñor Antonio no se sentía del todo bien cerca de la joven y menos habiéndose reducido el grupo de esa manera, así que inventó una vaga excusa, algo así como que tenía que ir a escribir una carta y los dejó solos.

Al cerrarse la puerta los tres se miraron las caras. Andrea esperaba muchas explicaciones o al menos respuestas, a sus interrogantes, el joven sacristán también estaba ansioso por escuchar lo que tenía que decir el obispo y este, a su vez, no quería decir absolutamente nada. Solo hasta que se desesperó por la presión silente en la que lo tenían, decidió hablar.

-Sé que no entiendes. Sé que ninguno entiende, pero yo no inventé los métodos que tuve que aplicar, simplemente seguí los procedimientos que en Rumania ante un caso similar hicieron un grupo de cristianos. La idea de ellos era que mediante los castigos con símbolos religiosos el ser, que estaba en tus mismas condiciones, fuera fiel a esa congregación y los protegiese de sus similares y por supuesto de los vampiros.
-¿Fidelidad?. Creo señor Obispo que era miedo lo que querían infundirle en todo caso pero díganos, ¿funcionó?. Preguntó Pedro mientras Andrea esperaba con todo su corazón que así fuera.
-No. En realidad no, pienso que no fueron los suficientemente severos y a la final la best... el joven infectado... se reveló, atacándoles y huyendo.
-Usted sabe bien que desde un principio he estado en contra de este trato inmisericorde con Andrea, sin embargo, creí que sabía lo que hacía, que era posible sino volverla a su estado natural por lo menos que no perdiera su bondad humana y se convirtiera en otro de esos demonios nocturnos ¿y ahora como si nada nos dice que siguió un tratamiento que fue fallido?. ¡Santo Cristo!.
-Pedro, hijo, mírala, ¿crees que si no hubiera dado resultado lo que hacemos ella podría estar sentada tranquilamente en nuestra mesa escuchándonos sin ser víctima del llamado de la oscuridad?.
-No quiero contradecirlo, pero ella jamás ha mostrado ser agresiva, ni siquiera de noche.
-Exacto, por que hemos aplicado el tratamiento prontamente.

Ambos hombres se debatían, el obispo excusando los maltratos que recibió ella todo ese tiempo alegando resultados positivos y dominio casi total de la maldad que lleva sembrada en la sangre y Pedro negando que haya sido eso lo que ha surtido efecto sino que Andrea, en realidad, no se comportaba como un vampiro.

La joven caminó hasta la ventana mientras escuchaba a esos decidiendo o no el modo en que debían tratarla, cuando, de repente, se fue fijando en las colinas, lejanas, oscuras como si el sol temiera posarse sobre ellas y las voces presentes allí se iban haciendo lejanas en su mente, entonces, sintió un escalofrío subirle por la espalda, un sonido pobre, como un susurro se iba repitiendo, hipnotizante. Colocó su oído en el cristal y al entender lo que decía un grito de horror salió de su garganta al mismo tiempo que sus manos rompían en pedazos la ventana.

Pedro intentó detenerla para que no se lastimara pero era imposible, un hombre, dos, tres, ni siquiera siete habrían podido contener tan brutal fuerza. Ella seguía golpeando, ahora las paredes, los muebles, muchos cedieron ante el impacto.

-Cállate, ¡cállate!. Gritaba una y otra vez llorando, estaba realmente enloquecida cuando sintió algo quemándole la espalda y cayó al suelo desmayada del dolor.

El obispo había actuado usando la cruz de su rosario. Pedro estaba definitivamente asombrado. Varios sirvientes y sacerdotes entraron al lugar. Por orden del Obispo se llevaron entre varios a la chica nuevamente al calabozo.

Habían corrido con enorme suerte de que no los atacara directamente o habría sido fatal.

Escrito por CG Von Gescal
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V

Archivado en General • Fecha: 11-01-2005 15:21:07

-Un ángel negro. En ese limbo en que te hayas aún no perteneces de todo a la oscuridad sin embargo, hay cosas que ya no puedes tolerar, como las cruces en tu piel. ¿Entiendes?.



-Bienvenida a la mesa. Siéntate a mi derecha Andrea. Dijo el Obispo.

Ella miraba la opulencia de que aquella enorme habitación, las cortinas drapeadas, sillas de terciopelo vinotinto, enormes candelabros de plata, vajillas de porcelana con borde en oro, copas de cristal y por supuesto, un banquete digno de una corte real o en este caso, digno de un poco humilde clero.

Tomó asiento. Sentía sobre sí todas las miradas, a su memoria saltaron las palabras de su tía cuando habían ido a visitar a una de las damas más refinadas del pueblo diciéndole que esperara a que el comensal comenzara a comer y según este hiciera, ella le imitara para cometer la menor cantidad de errores posibles.

El obispo hizo una oración para agradecer el pan de cada día pero definitivamente nadie estaría más agradecido que Andrea. Había vivido no sabía ni cuanto tiempo en el calabozo comiendo un mazacote que podría ser puré de papá con frijoles acompañado como no, con agua. Uno de los problemas de su extraña condición era la pérdida de memoria. Ella no tenía ni idea que de noche completaban su dieta con sangre animal para evitarle anemia, ni que era ella quien cazaba la presa. Esas lagunas mentales la hacían potencialmente peligrosa.

Cada bocado de pavo que llevaba a su boca parecía más suave, más jugoso, más suculento, las verduras horneadas, aquellos pimientos rellenos de queso de cabra, le sabían a gloria. Ya no le importaba que los curas la vieran como una hambrienta, porque en realidad, lo era. Si alguno de ellos hubiera pasado la mitad de lo que ella en los últimos meses lo menos que haría sería preocuparse por verse bien ante un montón de encopetados y bien alimentados servidores de Dios.

Pedro la veía, casi podría jurar que veía un ligero toque rosado en sus mejillas, como cualquier otra chica de 16 años.

Los sacerdotes quizás motivados por la buena mesa le contaban al obispo sobre sus labores parroquiales, libros que habían leído, lugares que habían visitado y casi parecía que nadie recordaba el tema que los llevó al convento si no fuera por la imponente presencia de Andrea, un recordatorio difícil de ignorar.

El almuerzo terminó con rostros algo más serenos y estómagos colmados, sobre todo el de la campesina que jamás había probado tantos manjares juntos.

Se disponían a levantarse de la mesa cuando Andrea habló.

-¿Van a matarme?.

Aquella pregunta definitivamente fue como si un viento helado les golpeara la cara.

-Eres inmortal. Contestó Monseñor Antonio.

-Supongo que hasta los vampiros pueden matarse ¿no?. Inquirió ella.

-Los vampiros mueren con la luz del sol, tú la toleras, los vampiros mueren si son quemados o se les corta la cabeza y tú aún no eres un vampiro completo para que nos sea permitido eso. Analizó el padre Santiago.

-Entonces... ¿qué quieren de mí?.

-Que nos ayudes... contra ellos. Dijo el Obispo con expresión de duda.

-¿Ayudarlos?, ¿cómo?, ¡ni siquiera sé que soy!.

-Eres un ángel negro. Mitad mujer, mitad vampiresa. Aclaró el padre Iván.

-¿Un ángel?.

-Un ángel negro. En ese limbo en que te hayas aún no perteneces de todo a la oscuridad sin embargo, hay cosas que ya no puedes tolerar, como las cruces en tu piel. ¿Entiendes?.

-No mucho. Respondió preocupada.

-Ya habrá tiempo de explicarte con calma. Quiero notificarles a todos de una vez que el padre Santiago y yo nos quedaremos para seguir de cerca el caso y evitar que se sigan cometiendo errores. Concluyó el padre Iván.

-¿Con autorización de quién?. Preguntó molesto el Obispo.

-Con la de su Santidad el Papa. Sacando una carta sellada con el escudo papal, la hizo deslizarse por la mesa hasta el Obispo y salió del recinto junto a sus once compañeros clérigos.

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IV

Archivado en General • Fecha: 11-01-2005 15:19:10

Luego del baño, le vistieron. No era un vestido fino, ni trabajado, pero la tela era suave y de un color parecido al de los duraznos que algunas veces vio en el mercado. Era un vestido de campesina, era un vestido como ella antes de que pasara lo que pasó. Mientras se observaba en el espejo, recordaba los tiempos aquellos en que tenía que encargarse del establo de su tía, de acomodar la casa, ayudar en las labores del campo y hornear pan. Las lágrimas brotaron solas. Su Tía, el único familiar que le quedaba estaba muerta. Ella se había convertido en un monstruo por no hacerle caso, por olvidar ponerse el crucifijo antes de salir a ver que sucedía aquella noche en el establo.

Las sirvientas, traídas de pueblos lejanos, no sabían la realidad de Andrea, quizás por ello, en lugar de miedo, sintieron pena al verla entrar por la cocina.

-Deben ayudar a esta chica a bañarse. Denle ropa que ponerse. Trátenla como a una dama pero si en algún momento, se tornara agresiva o con una actitud extraña, deben llamarme enseguida. Yo estaré tras la puerta.
-Si señoj-. Respondió una de las sirvientas con todo afrancesado. Entre ambas llevaron a Andrea al segundo piso donde estaba la sala de baño. Pedro les siguió hasta la puerta, donde se detuvo.
-Venga chica, entraj en la tina.

Andrea poco a poco se fue introduciendo, el agua estaba tibia gracias a unas rocas volcánicas que tenía abajo la tina en un compartimiento junto a carbón. Qué sensación tan agradable tenía. Si no fuera por el horror que había acabado de conocer sobre su familia y sobre ella misma, seguramente se habría sentido una reina con los cuidados que las sirvientas del convento le estaban dando.

Luego del baño, le vistieron. No era un vestido fino, ni trabajado, pero la tela era suave y de un color parecido al de los duraznos que algunas veces vio en el mercado. Era un vestido de campesina, era un vestido como ella antes de que pasara lo que pasó. Mientras se observaba en el espejo, recordaba los tiempos aquellos en que tenía que encargarse del establo de su tía, de acomodar la casa, ayudar en las labores del campo y hornear pan. Las lágrimas brotaron solas. Su Tía, el único familiar que le quedaba estaba muerta. Ella se había convertido en un monstruo por no hacerle caso, por olvidar ponerse el crucifijo antes de salir a ver que sucedía aquella noche en el establo.

Sus pensamientos y su llanto fueron interrumpidos cuando las mozas hicieron a Pedro pasar para que viera como había quedado.

-Te ves... eres muy hermosa. Balbuceó Pedro.
-Soy... una bestia. Afirmó Andrea con el nudo que se le había formado en la garganta.

El sacristán no respondió. Podría decir que no lo era, pero en todo caso, ni él sabía en realidad en lo que ella se había convertido y prefirió mantener silencio. Ambos, salieron y bajaron las escaleras. Pedro la llevó por un largo pasillo. Al fondo, había un enorme cuadro representativo de Jesús en la Cruz. Aquella imagen de aquel hombre, lleno de llagas, crucificado y traspasado por una lanza le recordaba a Andrea su propio sufrimiento y como hipnotizada de compasión y amor alzó su mano por tocarle.

-No. -Dijo Pedro deteniéndole la mano-. Podrías lastimarte.

Abrió una puerta a su izquierda y juntos cruzaron el umbral.

Escrito por CG Von Gescal
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III

Archivado en General • Fecha: 11-01-2005 15:17:43

La joven campesina se puso de pie, tambaleando un poco. Estaba muy débil y su aspecto no era para nada saludable. Giró sobre sí misma viendo todas aquellas estructuras que le rodeaban, aquellas construcciones de piedra rodeadas de cedros, siendo el jardín donde se hallaba el centro de todo.

El ruido de llaves abriendo la celda despertó a Andrea.

-De nuevo no, por favor, de nuevo no. Repetía Andrea ante aquellos hombres con rostros cubiertos por máscaras que le levantaban del suelo, cubrían su cuerpo con una túnica blanca y entre los forcejeos de ella vendaban sus ojos.
-Tranquila. Dijo aquella voz suave de siempre. Aquella voz que podía a pesar de todo su sufrimiento, ser un alivio. Ella dejó de luchar y se dispuso a dejarse llevar afuera.

La tela que le cubría comenzaba a otorgarle tibieza a su helado cuerpo y cuando sintió que el aire era tibio y algunos hilos de luz traspasaban los vendajes supo que era de día, que estaba afuera. A medida que avanzó sus pies dejaron de sentir piedra debajo de sí y percibían la hierba y la tierra. Hoy sería diferente, no sabía por qué. Pensó que quizás no colocarían aquellas cruces ardientes en su cuerpo, ni le arrojarían aceite hirviendo al rostro. Andrea no podía saber que en realidad las cruces eran de madera fresca y que no era aceite, sino agua, agua bendita el líquido que le había quemado antes.

-Siéntate. Le susurró al oído la misma voz que lograba tranquilizarla mientras una mano la empujaba hacia una silla.

Podía sentir que había mucha gente a su alrededor, no eran los 3 o cuatro de siempre, algo muy adentro le decía que habían varias personas allí, más de diez al menos.

-¿Cómo te llamas?-. Una figura se alzaba delante de ella, había suficiente luz como para ver los cuerpos interponiéndose a través de la tela que cubría sus ojos.
-An... Andrea-. Dijo con la voz accidentada.
-¿Andrea qué?.
-Andrea solamente. Respondió desde atrás el Obispo al padre Marcos. – No se conoce a su padre, por ello no tiene apellido. Agregó.
-¿Y la madre?. preguntó el padre Marcos.
-Murió. Uno de ellos la asesinó cuando Andrea tenía dos años.
-¿El mismo que mordió a la campesina?.
-Si. El mismo. Ese mismo día. Contestó el Obispo.
-¿Por qué dejaría viva a la niña?.
-Solo Dios puede saber eso. Lo cierto es que por un error fatal de la tía de la criatura ya no pudo ser sacrificada como dicta la Ley. Si me permiten les contaré la historia para refrescar lo que leyeron en los documentos. Además ya es hora de que Andrea sepa por qué está aquí. Así que presta mucha atención chiquilla.

Andrea no podía creerlo, al fin, al fin sabría que hacía allí, por qué la trataban tan mal aunque lo que oyó sobre su madre la dejó muy inquietada, su tía siempre dijo que había enfermado de peste y muerto, nunca dijo que la habían matado. ¿Quién?, ¿Quién pudo ser?, ¿De qué mordida hablaban?, pero para poder prestar mayor atención a lo que aquel hombre decía opacó las preguntas que surgían en su mente.

-La noche en que el maligno atacó a la madre de Andrea, las dos estaban juntas. La bestia mordió y bebió toda la sangre de la joven campesina, intuyo que de allí mordió a la criatura más sin embargo, en lugar de beber su sangre hasta llevarla a la muerte procedió a lo que hacen ellos en la iniciación de otro vampiro, la dejó viva para luego volver por ella-. El obispo empezaba a notar como los otros sacerdotes cambiaban la expresión y veían al centro del círculo de sillas a la mozuela con cierto miedo. Se fijó también como Andrea intentó levantarse de la silla donde estaba amarrada y comenzaba a sollozar.
-Cuando la tía de Andrea descubrió el cadáver de su hermana, supo enseguida lo que había pasado, mas al ver a su sobrina tan pequeña con la marca de dos colmillos en el cuello abrazada al cuerpo inerte de la madre se acobardó por el destino que le esperaba a la niña si alguien se enteraba de que había sido iniciada. La tomó en brazos, la llevó a su casa, le mudó las ropitas y cuidó que la herida no se viera. Regresó al lugar del crimen, a el establo humilde de la familia y comenzó a gritar por ayuda hasta que otros vecinos le oyeron y se llegaron allí, viendo aquella imagen espantosa. Cuando preguntaron por Andrea, su tía, mintió. Dijo que la bebé pasó la noche a su lado como otras veces en que la madre tenía que madrugar para alimentar a los animales antes de ir a la ciudad por provisiones. Nadie puso en duda lo que decía.
-Es una criminal, ¡deberían juzgarla!. Afirmó el padre Ignacio con el rosario en la mano.
-Ya nuestro Señor se encargó de ello, murió poco después de que supiéramos la verdad a causa de la fiebre amarilla. Dijo monseñor Rodrigo llegando tarde a la reunión.
-Si me permiten, proseguiré. Andrea creció como una más de su comunidad, incluso recibió educación religiosa. Su tía quería que al cumplir la mayoría de edad fuese monja, lógicamente, en un convento, estaría a salvo. Le obsequió un rosario de plata y le dijo que por nada del mundo se lo quitará del cuello. Orden que la chica olvidó cumplir aquella noche. El obispo se levantó de su asiento, miró la colina como en la noche anterior, dejó escapar un suspiro.
-La tía que tenía días sintiéndose mal, tuvo que salir a la ciudad para poder ir al médico. Dejó en claro que Andrea no debía salir de noche de la casa, pasará lo que pasará. Según ella por lobos que a veces llegan al pueblo. La joven no hizo caso, a media noche mientras rezaba con el rosario que debía llevar puesto, sintió ruidos y a los animales alborotados en el establo, dudó en salir, hubiera sido mejor que hubiera hecho caso de ese sentimiento, sin embargo el chillido ahogado de uno de los cabritos la angustió tanto que dejó caer el rosario, salió con la lámpara en la mano y un palo en la otra a ver que pasaba. Lo que sucedió después, ella no lo recuerda. Es la pérdida de memoria que sufren todos los iniciados, pero lo seguro es que recibió la segunda mordida. En la mañana cuando uno de los vecinos le buscó para preguntar que había pasado en la noche que desde su casa se oían ruidos horribles se preocupó cuando Andrea no le contestó desde el interior de la casa. Buscó a su esposa y juntos revisaron. Ella no estaba allí. Mucho temieron que se repitiera la suerte de su madre y se acercaron al establo. Allí se encontraba. Creyeron que estaba muerta pero sus gritos de dolor y angustia despertaron a Andrea y eso, era peor que la misma muerte.

-Enseguida un grupo de campesinos, los mismos que habían sido durante años muy amables, le ataron y le arrastraron hasta las puertas de la iglesia.

-A coro gritaban, ¡Iniciada, iniciada!. De inmediato salí a ver lo que pasaba, llamé a los encargados de ese asunto. Ellos la llevaron a la piedra. Allí le ataron y esperaron el sol del mediodía para hundir una daga en su pecho. Lo que sucedería después, nadie lo imaginó. Suspiró el obispo, recordando ese día.

-Andrea, no murió. Ya era inmortal. La daga entró, una, dos hasta cinco veces en su cuerpo, de las heridas no emanaba sangre, sino ese líquido negro de ellos. Fue cuando supe todo. –Hizo una pausa antes de seguir con el relato.
-Ella desmayó de la impresión, del miedo quizás y la encerramos en los calabozos del convento, mientras decídiamos qué hacer.

La joven lloraba y gritaba desconsolada en la silla, había recordado en las palabras del obispo todo lo que había pasado. Los hechos pasaban en su mente una y otra vez.

El padre Santiago se conmovió. No tenía muy en claro aún que era ahora Andrea, pero el dolor que reflejaba le llegó profundo. Se acercó a ella y comenzó a desatarle los tobillos.

-¿Qué hace?-. Se dirigió hacía él Monseñor Antonio.
-La desato para que pudiera siquiera llorar en paz. Contestó.

Monseñor miró enseguida al Obispo y este hizo señas de que lo dejara. Nadie mejor que él sabía que de día ella era casi perfectamente humana.

Andrea tenía ya las extremidades liberadas, llevó sus manos a la venda, no sabía si debía quitárselas o esperar a que lo hicieran, hasta que el mismo hombre que la había desatado dijo que podía hacerlo. Lentamente ella fue desenvolviendo las telas que cubrían sus ojos, a medida que lo hacía y percibía más luz sentía como ésta le molestaba. Al terminar, abrió sus ojos tras varios parpadeos, intentando enfocar. Delante de sí vio a un hombre, vestido de sotanas, con un crucifijo colgado de su cuello. Era blanco, de ojos y cabellos tan negros como el calabozo donde había estado. Tenía una ligera cicatriz en el pómulo derecho, rostro cuadrado y podría estar pasando el metro ochenta de estatura. Estuvo a punto de darle las gracias cuando este tomó el crucifijo de su pecho y lo llevó hasta casi rozar la frente de Andrea, quien se asustó por el rápido movimiento.

-¿Te lastima?.
-No... no. Dijo ella sintiendo el enorme dolor de tener que empezar a asumir que ya no era la misma persona.

La joven campesina se puso de pie, tambaleando un poco. Estaba muy débil y su aspecto no era para nada saludable. Giró sobre sí misma viendo todas aquellas estructuras que le rodeaban, aquellas construcciones de piedra rodeadas de cedros, siendo el jardín donde se hallaba el centro de todo.

-Pedro, llévala adentro, que las sirvientas le den un baño y si se pone agresiva ya sabes que hacer. Ordenó el Obispo.

Así lo hizo Pedro, se acercó a ella, la tomó por el brazo y al pedirle que le acompañara Andrea sonrió, reconoció aquella voz, la misma que le había pedido momentos antes que estuviera tranquila, la misma que cuando era maltratada le pedía que orara con él para alejar el dolor de su mente, al fin tenía el rostro de quien sentía era la única persona a la que le importaba en ese lugar, aquel mozuelo coloreado de sol, con suave barba, cabellos castaños y ojos verdes era él.

Pedro miró directo a los ojos de ella y bajó la mirada, sin decir nada más y fueron adentro.

-Es hora de que nos diga entonces su plan Señor Obispo. El padre Marcos se levantó de la silla al decir esto. Aquellos dos hombres altos, enfrentados eran una imagen de temer muy a pesar de los ropajes y los rosarios.

El Obispo sonrió.

-Ya he hablado mucho, tengo la garganta seca, continuaremos luego del almuerzo.
-¿Invitará a la mesa a su... protegida?. Preguntó un cura pelirrojo llamado Iván.
-Claro. Es hora de comprobar qué tan bestia o qué tan humana puede ser.
-¿Eso quiere decir que aún no lo sabe?.
-Comprenderán hermanos de fe, que han llegado a mitad del tratamiento y como lo que quieren es ver resultados, tendremos que saltarnos algunos pasos.

Escrito por CG Von Gescal
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II

Archivado en General • Fecha: 10-01-2005 23:11:00

Sin voltear a mirarlos el Obispo dio las buenas noches y salió del salón. Podía sentir el peso de la responsabilidad inmensa que ahora llevaba en sus hombros. Hacer lo que hacía sin más exigencias que las que él mismo se otorgaba no era definitivamente igual a hacerlo bajo los ojos inquisidores de la comisión sacerdotal que le habían enviado...


En el salón principal del convento, el Obispo se sentaba cómodamente mientras algunos sacerdotes le atendían llevándole frutos secos y vino tinto.

-¿Su Santidad desea algo más?

-No. Ya pueden dejarme solo con los miembros del Alto Clero.

Aquel hombre obeso, de prominentes entradas recorrió con sus negros ojos cada una de las caras que se encontraban alrededor de la mesa y percibió cierto aire de desaprobación entre ellas.

-Y bien, ¿a qué debo el honor de su visita?-. Esbozó con una torcida sonrisa.

-Su Excelencia, se nos ha notificado que su... “experimento” no solo no ha dado resultados positivos, sino que ha puesto en riesgo el nombre de la Iglesia. Hay comentarios por el pueblo de que su... “protegida” cada día es más salvaje y eso es un peligro para todos.

-Son solo chismes sin sentido, Uds. me conocen, no correría el riesgo si no supiera lo que hago.

-Mucho me temo que su Santidad en realidad, no tiene idea de lo que está haciendo-. Habló el padre Santiago el más joven de los sacerdotes presentes.

-¿Cómo se atreve a faltarme de eso modo el respeto? ¡Yo soy el Obispo!

-Sabemos perfectamente quien es, no necesita recordárnoslo. Denos pruebas de que los procedimientos que ha aplicado a la campesina han dado buenos frutos-. Inquirió nuevamente el joven cura.

-Se las dará, en cuánto las tenga listas-. Respondió muy alterado.

-Ahora. Dijo otro de los sacerdotes presentes llamado Marcos.

-¡Imposible!-. Gritó el Obispo al tiempo que se levantaba de la mesa.

-¿Su Excelentísimo Obispo podría explicarnos por qué es imposible?-. Preguntó el padre Santiago uniendo las manos con los codos apoyados en el tablón.

-Es... es... de noche-. Mal susurró.

-Ahh y supongo que la campesina de noche es peligrosa. ¿ó me equivoco?.

-Lo es, aún no hemos logrado que su naturaleza...

-¿Su naturaleza?-. Interrumpió el padre Marcos, a lo que el cura joven añadió – Su naturaleza demoníaca.

-Aún no es un demonio, no recibió la tercera mordedura, ¡aún no es una de ellos!. Contestó con la faz enrojecida de ira caminando por el lado derecho de la habitación y perdiendo la vista en las colinas.

-Lo será. Expresó el padre Santiago.

-¡No!. Ya verán que no. Puedo evitarlo.

-Demuéstrelo. Habló por primera vez el padre Antonio, un hombre de unos ochenta años, delgado, de prominente barbilla, alargada nariz y hundida mirada.

-Mañana, A las diez. La sacaré al patio para que todos la vean. Dijo el Obispo caminando hacia la puerta en actitud de salir del recinto.

-¿Debemos llevar trenzas de ajos, cruces y agua bendita su Santidad?. Dijo el padre Marcos ante las miradas burlonas de sus compañeros.

Sin voltear a mirarlos el Obispo dio las buenas noches y salió del salón. Podía sentir el peso de la responsabilidad inmensa que ahora llevaba en sus hombros. Hacer lo que hacía sin más exigencias que las que él mismo se otorgaba no era definitivamente igual a hacerlo bajo los ojos inquisidores de la comisión sacerdotal que le habían enviado.

-Doce. Como los discípulos -. Fue lo último que dijo antes de ser dominado por el sueño en su cama.

Escrito por CG Von Gescal
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I

Archivado en General • Fecha: 10-01-2005 23:08:59

Tanto frío y oscuridad le dieron un tono grisáceo a su piel que entremezclado con sus negros cabellos y aquellos enormes ojos grises la hacían verse espectral...

Temblorosa en el suelo frío y húmedo de su celda se encontraba. Desnuda, con el rostro atrapado entre sus pequeñas manos jamás sintió tanto miedo. Jamás creyó que el dolor no menguara con el tiempo y por el contrario, se acrecentara, como una enredadera cubriéndole por completo hasta ahogarle la respiración.

Está llena de heridas, como cruces, constantemente fue apaleada, golpeada, flagelada, nadie le dijo nunca el motivo de tanta crueldad.

En su ser, solo una preguntaba corría de un extremo a otro... ¿por qué?.
No había respuesta. Nadie se la daría y era imposible para ella hallarla entre su sufrimiento.

Cuanta soledad, cuanto silencio entrecortado de sollozos.
Definitivamente Dios se había olvidado de ella, a tal extremo, que ni la piedad de la muerte le llegaba.

-¿por qué?
-¿por qué?

Repetían sus llagados labios con el poco aliento que aún le quedaba.

Tanto frío y oscuridad le dieron un tono grisáceo a su piel que entremezclado con sus negros cabellos y aquellos enormes ojos grises la hacían verse espectral o peor aún era la mortuoria imagen de un vampiro.

Aunque en donde se hallaba no tenía idea del tiempo, siempre sentía el llegar de la noche en aquellas ansias que le nacían en la garganta, aquella sed inmisericorde y desquiciante que era opacada cuando aquellos hombres vestidos de largas túnicas negras, dejaban entrar una liebre por un espacio mínimo que había en la puerta. Entonces ella, aquel costado de espetados huesos saltaba ágilmente y como cualquier depredador clavaba sus dientes en el cuello de su presa y bebía hasta la última gota de sangre.

Luego, saciada, caía en sueño. Muy pocas veces sus sueños dejaban de ser demoníacos pero cuando sucedía -cuando lograban ser solo recuerdos de su vida anterior a que la capturaran como a una bestia y la llevaran a aquel lugar- entonces, dormida, una leve sonrisa se dibujaba en su faz.

Escrito por CG Von Gescal
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